jueves, 5 de septiembre de 2013

27. La filmoteca adolescente

En la falla, a principios de los 80 no solo estábamos Jorge y yo, así de nuestra generación. Había un nutrido grupo de chavales más o menos de nuestra misma edad que la verdad es que eran bastante más espabilados que nosotros dos, o al menos eso nos parecía. Allí todos les llamaban los pirañas. Nunca supe bien por qué, aunque  teniendo en cuenta de que en general no eran muy voluntariosos respecto a las tareas colectivas, y que sin embargo eran capaces de acabar con las existencias de quintos de cerveza en un par de horas, el título de “pirañas” les quedaba más que justito. Eran buena gente y muy diversa: Sento, con quien años después compartiría conciertos de Nina Hagen o U2; Jorge Verdeguer, que era un tipo estupendo, moreno de pelo rizado y rasgos interesantes, vecino y compañero de clase; Román, que tenía fama de malote de barrio, y lo era, aunque no para tanto; Morales, que era algo mayor y ejercía de ideólogo del grupo y, a parte de algún otro, Rodríguez, cuya familia tenía un negocio en el barrio, la perfumería Rodríguez, que era un poco como el almacén “Don Manolo” de Mafalda.

Un buen día desembarcó en la falla Juan Luís, más conocido como “Chip”, no sé muy bien por qué.  Chip era un chico diez años mayor que nosotros, que aterrizó en nuestro territorio por afinidades ideológicas e intelectualoides. Llegó junto a otros compañeros, llenos de proyectos de teatros y filmotecas que funcionaron durante un tiempo. Al cubrir ese ciclo, se marcharon, pero Chip se quedó y formó parte de nuestras vidas durante unos cuantos años.

Algunas noches furtivas, se llevaba al casal un televisor y un vídeo, y nos acercábamos al videoclub para alquilar un par de películas y verlas hasta el amanecer. Cada uno ponía cien pesetas y si sobraba algo después de pagar el alquiler, que siempre sobraba algo, como era indivisible entre tantos, acabábamos lanzándolo por una alcantarilla en la misma puerta del videoclub, en un alarde de absurdez que resultaba realmente atractivo. Así de gilipollas éramos. Chip se esforzaba en programar cine clásico o al menos cine más adulto. A aquellas noches debo mi gusto por la alta comedia y el cine musical. Así fue como descubrí al Chaplin director, a Lubitsch, a Wilder o a Blake Edwards, y como me enamoré con locura de una película que cambió mis gustos y me abrió muchas puertas. “Víctor o Victoria” con Julie Andrews, un fantástico Robert Preston, y un sinfín de canciones maravillosas de Mancini.


"The Jazz Hot" Henri Mancini / Julie Andrews (1982)

No es por la partitura maravillosa, ni por el reparto espectacular… es que “Víctor o Victoria” era un canto a la libertad sexual, un palo al macho clásico y un elogio de la opción sexual. Fue mi película favorita desde el minuto uno. Me sé sus canciones, me sé sus bailes, y me sé su filosofía que tantas veces he tenido y tengo presente. Y cada vez que la vuelvo a ver, rio y lloro con cada uno de sus momentos.

"You and Me" Henri Mancini / Julie Andrews & Robert Preston (1982)

Con el tiempo la permanencia de Chip en la falla quedó clara. Él tenía una presencia difícil, algo oscura. Chip no era feliz. Durante un par de temporadas fue el cobrador de la falla. No tenía trabajo y algo así podía suponer un pequeño ingreso extra. Por esa razón todas las tardes estaba por el barrio, y quedábamos con él para tomar algo en un pub. Siempre nos invitaba a tomar cerveza con picón y granadina. Una mezcla de dudoso origen, que resultaba ser tendencia entre nosotros. También nos invitaba cada tarde a un sinfín de partidas en la máquina de Olympic Games, que era todo un vicio. Mientras jugábamos a la máquina y bebíamos la cerveza fantasía, Chip se sentaba tranquilamente con sus libros y sus notas, sin perder detalle de nuestras particulares olimpiadas adolescentes. Sí, era evidente: Chip estaba enamorado de uno de nosotros. Y no era ningún secreto que se trataba de Sento.
Sento no era guapo, pero sí muy resultón. Era rubio, muy simpático y con buena conversación. Entrados los 80, se fue a Ibiza de vacaciones y volvió convertido en un moderno extravagante y colorista. Sento estudiaba peluquería y piano. Pero como ya dije hace tiempo: no, no era gay. Y Chip lo sabía.

Supongo que de alguna manera nos aprovechamos de aquel amor obsesivo, y lo convertimos en una cuenta interminable de cervezas de colores y saltos olímpicos totalmente gratuita. Pero el caso es que al poco tiempo Chip acumuló una importante deuda con la falla. Cobraba y no liquidaba, y claro el globo explotó y Chip se marchó por la puerta de atrás, devolviendo todo lo debido en difíciles plazos.
No he vuelto a saber de él pero lo tengo en mi memoria a menudo, porque Chip era un tipo solitario y algo oscuro, pero era un buen tipo. Y porque estaba condenado a estar solo y a enamorarse de personas equivocadas. Y porque gracias a él descubrí una película bellísima que él adoraba por razones que no supe ver entonces pero que en realidad, eran evidentes. Chip tenía mucho del Dirk Bogarde de “Muerte en Venecia”, y supongo que de alguna manera yo también.


"Sinfonía nº5 Adagietto"(extracto) G. Mahler / "Muerte en Venecia" L. Visconti


1 comentario:

Josep A. Collado dijo...

emotiu i real "como la vida misma"
què dic: és la vida misma!
:-)
ah: ja vos valia això de tirar els diners sobrants! supose que seria una extravagant idea de Chip, que -naturalment- vos deixaria "flipats"!